sábado, 27 de septiembre de 2008

La farsa Nacionalista del MAS



LA FARSA NACIONALISTA
DEL MAS
A LO LARGO DE LA HISTORIA HAN SIDO DESDE ORGANIZACIONES FASCISTAS COMO LA DE MUSSOLINI HASTA ORGANIZACIONES COMUNISTAS COMO LA DE STALIN LAS QUE SE HAN AUTODENOMINADO NACIONALISTAS, CUANDO EN REALIDAD NO HAY NADA COMÚN ENTRE AMBAS POLÍTICAS. INCLUSO EN NUESTROS DÍAS SE TIENDE A CALIFICAR DE NACIONALISTA AL “MOVIMIENTO AL SOCIALISMO”, CUANDO EN REALIDAD ÉSTE NO TIENE UN ÁPICE DE AQUELLO.

Son contados los libros e incluso los movimientos políticos autodenominados nacionalistas -en el mundo- que tienen una definición exacta o al menos cercana de lo que es “nacionalismo”. Es tan amplio, complejo y malentendido este concepto que muchas organizaciones políticas consideradas nacionalistas en realidad no lo son. Todo lo contrario, se encuentran diametralmente opuestas a ello, como es el caso de los comunistas, que se mimetizan haciéndose llamar nacionalistas cuando en esencia son anti-nacionales.
Es frecuente en nuestro medio escuchar decir que el MAS sería un movimiento de izquierda nacionalista, lo que resulta ser una contradicción. Del mismo modo se confundió al MNR de los años 50, al que los falangistas de la época denunciaron oportunamente como un movimiento comunista. Lo cierto es que el MAS es un movimiento al viejo estilo Frentepopulista (1), como lo fue el PIR en la década de los cuarenta y el MNR en la de los cincuenta.
En estas líneas queremos desenmascarar a los comunistas que tratan de esconder sus odios de clase bajo el manto del nacionalismo, para disimular su política disociadora, clasista, racista y servil al internacionalismo, para lo cual nos remitiremos a las interpretaciones certeras que Oscar Unzaga de la Vega hiciera sobre este tema. De aquí en adelante dejemos que sea él quien nos lo explique:
INTERPRETACIÓN FILOSÓFICA DE LOS FENÓMENOS SOCIALES
Al referirnos a los conceptos de Nación y Estado que pre­cisamos para entender el pensamiento político llamado naciona­lismo no haremos otra cosa que interpretar fenómenos sociales. Mas, la interpretación de la fenomenología social requiere un sistema filosófico a la luz de cuyo pensamiento se analicen, com­prendan y clasifiquen los hechos de la sociedad humana.
La política tiene por objeto encontrar las formas capaces de cumplir las aspiraciones de la vida individual y colectiva, o sea encontrar nuevas formas de vida. Primordial es, por tanto, saber qué es, a qué obedece y qué fin tiene la vida. O sea tener un concepto filosófico de la vida. De este concepto filosófico que tengamos de la vida deduciremos sistemas de interpretación de los fenómenos sociales, que determinen la conducta de los hombres y de sus sociedades. Para conocer o interpretar el fenómeno social es preciso admitir un sistema filosófico, que nos permita tener un método de interpretación […]
De partida Únzaga empieza alejándose de la definición banal que los izquierdistas dan al nacionalismo, ya que no lo define a partir de superficialidades, sino que se plantea hacerlo a través de un sistema filosófico que le brinde un cuadro de valores de referencia. Producto de esta reflexión define en primera instancia al nacionalismo como resultado de una ‘manifestación espiritual’, por esta razón –explica- es que la elección que efectúa el individuo a favor del nacionalismo no sea un proceso razonado, por una cualidad específica o discernible de la doctrina, sino ‘intuitiva’. A lo que continúa:
El pensamiento racionalista de 1800 puso en duda todos estos valores conceptuales [...] El racionalismo, de una u otra escuela, llegó a los extremos de exageración y de unilateralidad; pues comete un error de perspectiva y de superestimación al obviar las manifestaciones espirituales como uno de los fac­tores o causas del desenvolvimiento social. Como hijo de este racionalismo desmedido nació el materialismo histórico, funda­mento filosófico del marxismo. Partiendo de la realidad de la evolución de las sociedades, esta escuela cree encon­trar el primitivo y verdadero motor de esta evolución en la vida económica. Confundiendo las simples transformaciones econó­micas con la evolución social misma, sostiene el concepto de una evolución subordinada a las necesidades naturales; y del hecho de una gradual substitución de la producción individual con la colectiva, no sólo infiere el determinismo evolutivo en el orden económico, sino que se eleva hasta proclamar que todos los fenómenos sociales en general, inclusive los políticos, éti­cos y estéticos, están determinados por los hechos económicos. Este es un grave error del materialismo histórico, actualizado hoy por la expansión de la doctrina marxista, cuyos adeptos, en su mayoría, sólo prestan atención a las finalidades revoluciona­rías de su política y no al errado pensamiento filosófico que la inspira.
Padece de una desmedida hipertrofia en la considera­ción de un solo factor, de un solo modelo en el engranaje de la maquinaria social. Berstein, Berdielff, Ortega y Gasset, Spengler, etc. para no citar más el plano de la lucubración filosófica, han analizado el materialismo histórico y sus errores científicos, pero el marxismo ha respondido al análisis filosófico sólo desde el plano político, y le basta para defenderse de la crítica con fustigar a los pensadores de burgueses excéntricos reacciona­rios, etc., y sitúa así al investigador filosófico en el terreno de la lucha política inmediata [...] y nos deja con la enorme sensa­ción de desconcierto de que todo se hace o se dice o se pien­sa por un interés económico que, lógicamente, impediría que los pensadores nos hablen de la unidad por la unidad misma [...]
Nadie negará, ni puede negar que los hechos económicos tie­nen una importancia decisiva en la vida de las sociedades, pero esto no excluye la consideración racional y verdadera, de los otros factores, múltiples y diversos, que determinan la aspira­ción y la evolución de la vida de la humanidad. La vida hu­mana no está determinada por el fatalismo del proceso económico que conduce, según el marxismo, a la dictadura del pro­letariado, ni es tampoco la sola presencia de un alma [...].
Con esto Únzaga nos da a entender claramente que no es el materialismo histórico ni tampoco un espiritualismo absoluto que inevitablemente degenera lo que nos ayudará a comprender la vida, sino la complementación y equilibrio de estos dos factores: materia y espíritu, que desde hace mucho tiempo atrás ya buscaban los griegos. Continúa diciendo:
La política y la filosofía que desestimen los procesos eco­nómicos serían o miopes o falsas. La economía, los sistemas de producción, la distribución de la riqueza, además de satisfa­cer las causas éticas de justicia, crean el "clima" diríamos así, para que todos los hombres y las colectividades puedan cum­plir los grandes y trascendentales destinos a que están llamados.
Amar, pensar y orar en la vida no sólo son procesos psi­cológicos que determinan "las necesidades del hombre". La cultura y la moralización no sólo son el producto del proceso his­tórico de los sistemas de producción. El espíritu ha puesto en todo su sello de divinidad; hay algo más profundo, más tras­cendental, más eterno que el comer y multiplicarse.
Por eso la filosofía marxista además de ser científicamente errónea, es perjudicial y oprobiosa porque niega los valores del espíritu. No podemos aceptar que "no se come lo suficiente como para crear fuerzas morales". Por eso, nuestro pensamien­to filosófico no sólo nos da el sistema de interpretar los fenó­menos y procesos sociales, sino nos comunica un concepto trascendental de la vida, auspicia, alienta e ilumina nuestro pensar político. Por eso, antes de hablar de política, he tenido necesi­dad de hablar de filosofía.
NACIÓN
La Nación es un conjunto de individuos que puede ser homogéneo o heterogéneo en la raza, en la lengua, la religión, que necesita un territorio para vivir o coexistir, pero que está unificado por un sentimiento: la Conciencia de la Nacionalidad. Podrá existir un pueblo de unidad religiosa, de idioma y de ra­za, pero sí carece de ese sentimiento de nacionalidad que le da la conciencia de su personalidad histórica, se disgregará al me­nor tropiezo para ser absorbido por otros pueblos u otras na­ciones.
En cambio, una colectividad que pueda tener varios cre­dos religiosos, dos o más lenguas y no tuviera unidad técnica, subsistiría por su conciencia nacional.
Por tanto lo esencial, lo fundamental para que exista una nación, es su propia conciencia como nación; y la voluntad de existir que le infunde esta conciencia. El jurista argentino José María Rosa, define la Nación bajo este concepto verdaderamente exacto: "Toda nación es un culto". "La nación es el primero de los cultos sociales. No ha sido formada teniendo en cuenta el interés de los individuos que la integran. La historia de toda nación nos descubre el móvil religioso que ha dado origen e impulso a su desenvolvimiento. La nación no es un conglome­rado; es una sociedad. Y como todo ente social, su causa, su razón de existencia, es tan extraña, tan inasequible a la lengua individual, como lo es todo culto religioso".
La idea de la nación se dirige al sentimiento, no a la ra­zón de los hombres. Ese culto es el único motivo de la exis­tencia de una nación; es la Nación misma, por encima de sus gobernantes, de sus gobernados y del territorio que pueda ocupar. De allí que el primordial deber de todo gobierno, consiste en mantener y afianzar ese culto. Ningún otro puede parango­narse con este fundamental concepto; no es posible suponer interés de orden individual, prevaleciendo ante ese gran interés de orden social. Usando una magnífica frase de Avellaneda, "nada hay en la Nación superior a la Nación misma".
De manera que el territorio, la geografía, la raza, el idio­ma, la religión, la unidad política, etc. son materiales diremos así de ese edificio social que llamamos una nación pero que no toma forma ni estructura sin el mortero o la fragua que los cohesione y les dé personalidad, entidad histórica y que es ese culto a que hace referencia Rosa, "una sola conciencia y una sola voluntad [...] y sentimiento [...]".
Acotando a lo mencionado por Únzaga. El concepto de nación –podríamos decir- ha tenido tres conceptos fundamentales y claramente diferenciales entre sí. Uno está ligado a las ideas de la Revolución Francesa –por tanto- con fuerte influencia masónica. Éste entiende a la nación como al conjunto de individuos –sin importar el origen de ellos- que están determinados por un sistema de leyes definido y autoasumido, concepto errado por su tendencia a uniformar, porque excluye los factores de diferencia entre las personas: es anti-cultural, anti-tradición, anti-costumbres, etc. Normalmente en una “nación” de este tipo termina predominando la cultura de un grupo étnico determinado, por diferentes causas. Este es el caso de Bolivia, fundada con las nociones provenientes de la Revolución Francesa, en la cual –cabe recalcar- estuvieron presentes un gran número de masones, entre ellos, Casimiro Olañeta: fundador de la logia masónica en Bolivia. Otra interpretación de nación es aquella que se conoce más en nuestros días, donde la nación está constituida por un grupo homogéneo en la raza, cultura, creencias, etc. Normalmente este concepto es utilizado para alentar secesionismos incentivando la discriminación racial, el terrorismo y la xenofobia. Como ejemplos de este caso están los “etarras”, comunistas y terroristas vascos que buscan la independencia de las provincias vascongadas del territorio Español. Inclusive en nuestro país hay atisbos de algo semejante, pues es sabido que existen grupúsculos dentro la comunidad aymara que tendrían fines separatistas. La otra interpretación entiende a la nación como una unidad de destino en lo universal, que está cohesionada por la unidad de voluntades y sentimientos, no simplemente por leyes. Ésta puede estar integrada por una o más comunidades distintas cultural y racialmente. Reconoce la diferencia y no la desprecia, porque entiende que ésta es el producto de la adaptación del ser humano al planeta: las culturas son herramientas valiosas por cuanto éstas han ayudado a las comunidades para perpetuarse en el devenir evolutivo, por lo tanto son todas ellas exitosas y deben fomentarse. Esta nación -conjunto de comunidades- posee una sola Patria, la que no se fractura a no ser que una comunidad quiebre esa unidad de voluntad y sentimiento, porque no haya comprendido aquello que Únzaga define como el “sentimiento de nacionalidad que le da la conciencia de su personalidad histórica”. Continúa Únzaga con lo siguiente:
EL ESTADO NO DEBE SER CLASISTA
La lucha de clases no es una concepción colectiva como se puede creer y se dice que es, al proponer colectivizar los medios de producción filosóficamente es por esencia individualista.
¿Qué es un partido de clase? Es un concepto de individuos unidos para defender intereses económicos. Un socialista de ti­po clasista lucha por el interés colectivo sólo por cuanto él se refiere al interés individual de todos y cada uno de los que per­tenecen a su clase. Excluye al que tenga un interés contrario al suyo, como sucede con la clase dueña de los medios de pro­ducción.
Los intereses económicos son, por esencia, de momento, es decir, de tiempo presente. De ahí que a un clasista nada le im­porte dejar una obra artística para el futuro. Lo esencial es que el individuo cumpla sus necesidades. Por eso, los parti­dos de clase son negadores de la nacionalidad y pierden su es­tructura, su destino, etc.
Debemos nuevamente hacer un paréntesis aquí. En tiempos de Únzaga el comunismo sólo propugnaba la “lucha de clases” para quebrar la integridad nacional. En nuestros tiempos el comunismo, más propiamente el MAS, ha adquirido una nueva herramienta para dar rienda suelta a sus rencores. El MAS no sólo intenta ser clasista, sino que es racista, ya que utiliza particularmente a sectores aymaras descontentos para enfrentar a quienes ellos consideran sus enemigos dentro esta Patria. Continúa Únzaga con el siguiente análisis:
NACIONALISMO
De nuestras consideraciones anteriores se infiere lo que es el nacionalismo. Es el sentimiento de la nacionalidad interpretado en el terreno político. Y entiéndase que en lo político han de comprenderse también, la realización de aspiraciones perma­nentes y superiores como el arte, la ciencia y otras manifesta­ciones del espíritu humano.
La Nación es, repetimos, un conjunto de individuos que obran y actúan como unidad histórica por la presencia de un sentimiento nacional. La Patria representa, en cambio, el suelo donde uno ha nacido (Patria: tierra de los padres, ancestros). Generalmente es una división política que debe, para sobrevivir, corresponder a una nación. El senti­miento patriótico es fuerte, es histórico, es eterno cuando con­cuerda con el sentimiento nacional.
La Patria es, sin embargo, ante todo y sobre todo, un con­cepto ético y filosófico. Podríamos acercarnos algo al concepto con una comparación. La familia es la nación y el hogar es la Patria. La Patria, es ante todo y sobre todo un concepto filosófico y moral. Amamos a nuestra Patria, como amamos a nuestra madre. La amamos sin reflexión y sin conciencia, aun­que supiéramos que nos engendró por pecado y aunque no nos diera pan.
La Patria, no da nada al obrero, se dice. Sin embargo, en­tiéndase que no es la Patria, sino su gobierno el culpable de la injusticia; los que sean patriotas sabrán que si se padece injus­ticia, hay que servir a la Patria, y con el trabajo y la honradez reflejados en todas las actividades del país y también en el go­bierno, la Patria será un hogar de paz y de justicia.
El interés económico, como moral política y social, con­vierte al hombre en un ser egoísta y calculador. La reivindica­ción debe hacerse por un sentimiento de justicia, y la justicia es un concepto moral. Pero si la hacemos por propio interés, por rencor, por venganza, como postula el comunismo, la noble acción po­lítica está prostituida.
Los marxistas postulan que sólo los partidos de clase po­drán hacer justicia social, porque ellos son parte interesada, por­que son sus intereses los que los obligan. Actúan, entonces, por egoísmo. Nosotros postulamos que todos los hombres que pertenecieron a una colectividad nacional, deben evolucionar sus espíritus hacia ideales éticos como la Justicia, y luchar por el criterio de los demás con renuncia de sus propios intereses. Actuar con altruismo.
La esencia humana, el espíritu del hombre, es capaz de com­prender conceptos que estén sobre sus intereses y actúan como fuerzas que no son filosóficas. La santidad y el heroísmo no obedecen a móviles económicos, y son los santos y los héroes los que han iluminado el camino de la humanidad.
Por eso la Patria es un concepto ético de naturaleza su­perior. Porque podemos morir por ella, casi como una abstracción, como un ideal y los hombres y pueblos que son capaces de sacrificarse valen más que los hombres que viven vida ve­getativa y los pueblos incapaces de luchar.
La Patria, el Ideal, el Bien, la Belleza, son concepciones superiores que dignifican y elevan la naturaleza humana. Hemos venido al mundo a cumplir ideales y no sólo a satisfacer necesi­dades. La sabía filosofía popular nos dice: "No vivimos para comer, sino comemos para vivir. Y vivimos para crear y ser me­jores". Y aquí está el lema de la fórmula política: No vivimos para comer, por tanto la evolución de la sociedad, la historia, no está determinada por las necesidades del hombre, sino que comemos para vivir y que es necesario, por tanto, facilitar a to­dos el cumplimiento de sus necesidades para que puedan cum­plir sus aspiraciones.
Por eso, defendemos la Patria, porque los hombres se dig­nifican, se elevan, se sacrifican por ella. "La Patria es el campo de nuestros destinos, reservando a la justificación de nuestras existencias la realización de nuestros ideales". Es una discipli­na espiritual, un campo de realización, de aspiración de justicia y de bien, un ente moral al que sacrificamos nuestros egoísmos. Y es por ello que el nacionalismo de cualquier clima o parale­lo que fuese, sostiene como primer aspecto la defensa del con­cepto de Patria. El nacionalismo se basa, pues, en un concepto ético, la "Pa­tria", y una realidad social: la Nación. La humanidad está com­puesta de diversos grupos sociales, que están unidos por su tradición histórica, su alma nacional, sus costumbres, su unidad mental, su voluntad de ser. Por tanto, la política que es cien­cia de realidad, ha de partir de este hecho, de esta realidad. Ca­da grupo tiene su historia y su destino y debe cumplirlos de acuerdo a sus propias modalidades y a sus virtudes.
En esta diversidad de los grupos sociales está el secreto de la civilización y la cultura. Ahora bien, no hay que entender el nacionalismo como odio, como destrucción. Acabo de leer en una revista yanqui, esta frase: "Los males de Europa no provienen como se ha dicho, de sus nacionalismos; provienen de una causa más sencilla: del mal gobierno". El nacionalismo no excluye un internacionalismo bien entendido, sino como solidaridad humana, convivencia in­ternacional. Un internacionalismo de la índole del que define un político americano, no excluye el nacionalismo. Dice así; "Porque el internacionalismo bien entendido no consiste en la unión entre los Estados; ni es la unión entre quienes es­tán por encima del nacionalismo y los cosmopolitas que han roto los vínculos con su Patria. El verdadero internacionalismo es conocimiento mutuo entre las naciones, entre sus más al­tos, mejores y más característicos representantes". Y ese bello pasaje: "Es gracias a la exploración más profunda y al disfrute de los infinitos tesoros de las nacionalidades del universo por hombres y mujeres que, por estar íntimamente ligados a una nación que es su patria, poseen visión certera y sensibilidad re­finados, como se podían forjar algún día los nexos duraderos del internacionalismo y establecer la armonía del recuerdo en un mundo de diversidad incontrastable".
La paz universal, el entendimiento internacional, la armonía, el progreso, han de ser logrados justamente no negando el prin­cipio de las nacionalidades, que son realidades incontrastables y benéficas, sino reconociéndolas y respetándolas.
Es preciso sumar un hecho que sucede en nuestros días que tiene relación con el presente análisis. Un aspecto fundamental del nacionalismo consiste en librar de toda influencia extranjera los problemas sociales, políticos o económicos, por cuestiones de soberanía nacional. Este principio básico fue quebrantado por el gobierno de Evo Morales, que auto declarándose nacionalista fomenta la intervención venezolana y cubana. Continúa Únzaga:
El internacionalismo marxista o el de los grandes banque­ros y mercaderes del mundo, ese sí que no admite nuestro nacionalismo. Porque destruye lo verdadero, endiosa la clase y postula una Patria Universal irrealizable, porque para gobernarla habrá que fragmentarla de nuevo, habrá que admitir nuevos grupos sociales, todo sometido a organización internacional y todo desprovisto del sentimiento de la nacionalidad que es el más grande de los fenómenos históricos.
Es decir los nacionalistas no pueden transigir con los sin Patria, según los utilitarios de la derecha o los materialistas de la izquierda.
El nacionalismo no es guerra. Todo lo contrario, la falta de respeto a la nacionalidad engendran las conquistas. Las conquistas son posibles porque se debilita el nacionalismo de un pueblo. Nosotros somos el país de América que más guerras hemos soportado, no por nacionalistas, sino por falta y debilitamiento del Espíritu Nacional.

(1)La Unión Soviética al mando de Stalin impulsó la creación de movimientos comunistas en diferentes países del planeta denominados “frentepopulistas”, como en España, donde la intromisión frentepopulista ocasionó la Guerra Civil. En Bolivia fundó el PIR con la ayuda de un dirigente comunista chileno y financió, asesoró y colaboró con agentes en los gobiernos de Paz Estenssoro y Hernán Siles Suazo (1952-1964), los que crearon los Campos de Concentración y el Control Político donde fueron torturados y asesinados miles de bolivianos, hombres y mujeres de todas las edades, lo que se considera como una de las más grandes atrocidades cometidas por los comunistas en el continente Americano.


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